Ciudadanos o siervos: construir democracia económica en una coyuntura defensiva

 

Ignacio Muro Benayas

@imuroben

Economista i profesor de comunicación en la Universidad Carlos III

 

 

El hecho de vivir del propio trabajo, intelectual o manual, ha constituido durante mucho tiempo un cemento suficiente para favorecer una identidad común. Siempre fue, no obstante, una identidad trabajada que ha utilizado cada conflicto como una ocasión para articular un frente de intereses de las mayorías. “Sumar” a los diferentes colectivos es la labor que ha justificado al sindicato de clase, una organización especializada en observar el mundo desde los ojos del trabajo.

El sindicato así visto es un intelectual colectivo cuyo objeto es ayudar a construir una identidad común a largo plazo mientras articula intereses y participa, de forma inteligente, en una dialéctica de propuestas de resistencia, confrontación o colaboración integradas en un mismo discurso. Cual debe ser ese discurso en un contexto en el que el trabajo lleva décadas a la defensiva, es la cuestión.

La realidad se nos muestra tozuda. La frontera entre el trabajo y el no-trabajo se diluye en el espacio y el tiempo mientras las empresas reducen su perímetro. La creación de riqueza se convierte en un todo integrado a nivel global pero los procesos se fragmentan y las conexiones físicas desaparecen. La complejidad y globalidad de los procesos productivos y tecnológicos diluye la solidaridad primaria tradicional pero las formas de trabajo y explotación simples prosperan. Las tecnologías permiten trabajar en red pero la penosidad y el riesgo laboral se sufren en solitario. El trabajo intelectual gana parcelas al manual pero los profesionales más cualificados son arrastrados al desempleo y la precariedad. Aumenta la productividad del trabajo pero en mayor medida la apropiación por el capital del valor creado. La economía impulsa la colaboración horizontal pero se acentúa la concentración vertical de poder en los primeros ejecutivos y la exclusión de los trabajadores en la gestión de las empresas.

Políticas de resistencia que permitan pasar a la ofensiva

Todo ello desarrolla un contexto social marcado hace décadas por la tendencia a la individualización de las relaciones laborales que coloca al mundo del trabajo a la defensiva, una circunstancia que el cambio tecnológico va a acentuar. Y obliga a plantear claramente al sindicalismo qué políticas de resistencia son más eficaces y qué planteamientos son los adecuados para revertir esa situación.

En ese contexto, acertar en los los marcos ideológicos es algo decisivo, porque, cuanto más leves son las conexiones físicas, más importante es la construcción de un discurso que haga de pegamento para amalgamar intereses cada vez más dispersos.

El desarrollo social y tecnológico permite no solo imaginar un futuro sino construir un presente en el que el empleo no sea un bien escaso, en el que jornadas reducidas permitan generar tiempo libre para el desarrollo propio y el de la familia, en el que el trabajo pase a ser visto como la actividad colectiva de ciudadanos libres organizados para producir bienes y servicios, en el que la creación de riqueza se asocie al impulso de relaciones colaborativas y a la superación de la servidumbre de los mercados.

Optar entre un camino de servidumbres o de libertad, entre asumirse como ciudadanos que toman las riendas de su futuro o como individuos pillados en eternas relaciones de servidumbre, entre ciudadanos libres o siervos precarios son las alternativas que rodean al mundo del trabajo. Sólo en un marco como ése se puede argumentar las resistencias y construir un nuevo interés general que utilice como hilo conductor la democratización de la economía,  la democracia económica.

Democracia económica, objetivo del sindicalismo de clase

El sindicalismo de clase lo es en la medida que es capaz de construir en cada momento una identidad común para el mundo del trabajo. Esa identidad exige hoy incorporar la democracia económica como exigencia de la lógica productiva e implica el reto de asumir la construcción de una oferta general inclusiva para toda la sociedad desde la defensa del trabajo.

Significa también combatir las miradas cortas. Asumir que los impulsos corporativos surgen en todas las actividades sindicales y que la única forma de superarlos es ampliando el foco e incorporando una visión sociopolítica que aporte luz a las perspectivas inmediatas de orden funcional, sectorial, territorial que surgen espontáneamente en cualquier colectivo de trabajadores.

Conectar trabajo y ciudadanía, luchas en el centro de trabajo y en la sociedad, supone precisar los pasos que hoy nos hacen avanzar hacia la democracia económica. Entre ellos, destacaría tres: el primero es la conexión entre las retribuciones indirectas y la defensa de los bienes públicos (sanidad, educación, pensiones, dependencia) lo que supone acentuar la participación del sindicato en la concertación. El segundo, es la defensa del principio de la renta básica antes incluso de precisar sus caminos y formas. Si las prestaciones sociales equivalen a un salario indirecto resultado de la solidaridad entre contemporáneos, lo que la renta básica nos dice es que la productividad del trabajo de hoy es herencia de las aportaciones al saber general generado por la tecnología, las instituciones y el trabajo de las generaciones anteriores de las que nadie, por el mero hecho de nacer en este tiempo debería ser excluido. El tercero, es la participación de los trabajadores como factor de innovación no solo como consecuencia de una lógica participativa.

Sólo así se podrá transitar por un camino de libertad real para todos los ciudadanos y no sólo para unos pocos.

Madrid, 13 de Enero de 2017