Ciudadanía, clase y compromiso

 

Berta Cao

Asesora de Igualdad en el Gobierno de Madrid, Comisionada del Ayuntamiento de Madrid para la celebración del World Pride (Orgullo Mundial), miembro electo de la Mesa de Coordinación de Ahora Madrid y colaboradora en el diario digital Cuarto Poder (cuartopoder.es)

 

No sé cuántas personas, fuera del entorno sindical (e, incluso, dentro) sienten que el concepto “clase social” está obsoleto, porque también lo está el de “clase”, sobre todo enmarcado en contextos reivindicativos. Parecen lejanos, de otro tiempo, como   también lo parecen aquellos días donde quienes teníamos un trabajo, a modesto que fuera, debíamos situarnos como clase media. Y a base de ser clase media, engordamos un modelo en el que nos fuimos desclasando dentro del consumo, la apariencia. Donde tener era más importante que ser. Olvidamos que somos, y que desde ese “somos” debemos construirnos como colectivo en el que reconocernos, con objetivos comunes.

Aquellos años que con ser parte de la sociedad, con sentirnos “dentro”, integradas o integrados, íbamos alimentando ese imaginario en el que el posicionamiento social estaba más cercano al cambio de coche que al ejercicio de los derechos, al tiempo que adelgazábamos lo que se consideraba innecesario, como los espacios de reconocimiento de derechos, de exigencia del mantenimiento y ampliación de los mismos.

Durante ese tiempo hubo muchas personas, trabajadoras, autónomas, estudiantes, emprendedoras, hombres y mujeres, que creyeron que la democracia se mantenía y desarrollaba por inercia, que no requería compromiso, participación…. Y el capital se frotaba las manos mientras perdíamos derechos y posición.

Hasta que llegó el día en el que despertamos del sueño, o de la pesadilla, y comprobamos que había que empezar a sembrar en el terreno esquilmado. Esquilmado, como los salarios, como los derechos laborales, como los derechos sociales. Esquilmado, porque aún escuchamos voces que preguntan ¿dónde estaba la izquierda, dónde estaban los sindicatos cuando estalló la crisis? Como si la izquierda o los sindicatos (de clase) estuvieran compuestos por entes de otra madera, a los que no afectaran las turbulencias de las burbujas.

Y así nos encontramos, a diez años de la hecatombe económica que trajo consigo el descalabro de la incipiente sociedad del bienestar que habíamos levantado con mucho esfuerzo, sobre todo de las mujeres, descubriendo que “ciudadanía” no es la traducción de un concepto francés sin contenido en castellano –que hasta eso hemos tenido que escuchar- sino que representa el reconocimiento de los derechos que, como individuos y como colectividad, tenemos –o debemos tener-. Esos derechos que  se conquistan, no se conceden generosamente, y que de poco nos sirven si no tenemos posibilidades para ejercerlos.

Hemos visto cómo el vendaval de la crisis deja un erial en el que las estructuras que forman el entramado democrático se tambalean. Y los sindicatos, el Sindicato –que no es otro que CCOO- tienen que afrontar los cambios que sufre el mercado laboral, desregulado salvajemente en este último período.

La cuestión es cómo re-posicionarnos para ser de nuevo el referente en la demanda de los derechos, cuando tenemos una buena parte de las personas con trabajo que perciben unos salarios de infamia, que no les alcanzan para cubrir los gastos básicos, que no permiten a jóvenes con una formación impecable desarrollar su conocimiento y  sus capacidades, y si lo hacen es con retribuciones de miseria, y sin rechistar, que hay cientos detrás con otras penurias. Cómo establecer un referente sindical en estas condiciones, cuando la gente preparada tiene que emigrar y aquí recibimos a personas de otros países, a las más capacitadas también, para ofrecerles migajas.

Quizás deberíamos volver la mirada hacia el mediocre empresariado, que es mayoritario por estos lares, del que sorprende que no tenga ninguna perspectiva de futuro y que su objetivo sea el enriquecimiento rápido. O volver a los clásicos y elaborar estrategias de pedagogía social para lograr una mínima hegemonía que facilite la transformación del mercado, de tal manera que los derechos no sean moneda de cambio, sino los pilares a partir de los cuales se van estructurando las oportunidades de vida, de negocio, la sostenibilidad y el progreso…

En cualquier caso, a la hora de ponernos a pensar qué hacemos con estos viejos  mimbres y cómo ensamblamos los nuevos, no se nos olvide que, además de las energías renovables, las nuevas formas de producción, la robótica y la extensa automatización de la industria, tenemos que incluir los nuevos sujetos y sus demandas. La ecología; el multiculturalismo; las identidades sexuales con sus variados acosos y discriminaciones; por supuesto, el papel de las mujeres y su reconocimiento, frente a sus brechas salariales y sus segregaciones horizontales y verticales.

Porque cuando se disipa la niebla que deja la crisis, no tenemos certezas de que haya clase obrera, pero lo que está claro es que el sujeto de derechos ya no es únicamente el hombre blanco heterosexual, y a eso también tenemos que hacernos y, adelanto, no es el más sencillo de los retos que tenemos que afrontar y resolver.