¡Basta de realidades, queremos promesas!

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Gemma Lienas

Escritora

www.gemmalienas.com

@gemmalienas

 

El título es un lema de mayo del 68 que se ha invocado muchas veces y que, ahora, para salir de la “crisis”, volvemos a necesitar. De la misma manera que también nos hace falta un cambio de 180º -una revolución- tanto en  economía como en derechos de la ciudadanía, en la sostenibilidad del planeta … si queremos salir del callejón sin salida en el que nos encontramos.

En la historia de la humanidad ha habido varias revoluciones. Revoluciones de clase, como la Revolución Francesa. Revoluciones de grupo de edad, como la de mayo del 68. O revoluciones económicas, como la del Neolítico.

En el Neolítico, junto con la invención de la rueda y el descubrimiento de la agricultura, se inicia un sistema social, el patriarcado, y un sistema económico, el de la propiedad privada y por consiguiente el capitalismo, que se retroalimentan y que han pervivido a lo largo de los siglos. Para dejarlo claro: en el Neolítico se pusieron las bases para que en 2015 “pintaran bastos”; sin embargo, la situación se había comenzado a volver negro como el chocolate caliente después de la caída del muro de Berlín cuando el capitalismo, libre ya del contrapeso en el otro lado de la balanza, enseñó su cara más salvaje. Y así hemos llegado al punto en que es más importante la ingeniería financiera que el trabajo productivo, en el que es esencial salvar a los bancos para que no quiebren, pero no a las familias estranguladas e incapaces de pagar la hipoteca, en el que las grandes fortunas no pagan impuestos mientras que la clase trabajadora tiene que hacer frente a todos aquéllos  que un país necesita, en la que nos plantean la economía colaborativa como un progreso cuando no es más que una nueva y retorcida trampa capitalista: si no llegas a fin de mes alquilando tu fuerza de trabajo, puedes alquilar tus pertenencias, como el coche, una habitación para los guiris, tu sexo, tu cuerpo …

Así pues, parece que para salir de esta llamada crisis -que no es sino una estafa-, debería ser suficiente con un cambio de modelo: nos cargamos el capitalismo y nos proponemos que el bien común sea el objetivo. Y diciendo esto no estoy propugnando volver al modelo de los países comunistas, que tampoco funcionó. Lo que quiero decir es que obviamente tenemos que encontrar uno que se base en la justicia social. Con todo, esto no será nunca posible si no derribamos también el modelo patriarcal y conseguimos una sociedad paritaria en serio. Sólo así nos recuperaremos económicamente y, de paso, recobraremos la democracia.

El patriarcado, basado en las supuestas superioridad masculina e inferioridad femenina, otorga el poder al hombre, mientras que a la mujer le adjudica un papel subordinado. Otro aspecto clave del patriarcado es la diferenciación entre trabajo productivo -que se desarrolla en la esfera pública, tiene reconocimiento social y recibe una recompensa económica-  y el trabajo reproductivo o tiempo del cuidado -que es privado, no tiene reconocimiento social y tampoco tiene recompensa económica-.

Tradicionalmente se ha considerado que, de manera natural, las mujeres están preparadas para cuidar de los demás, es decir, la limpieza del hogar, la intendencia, el cuidado de niños, personas ancianas y personas enfermas. Por eso, a las mujeres se les reserva el tiempo reproductivo, ya sea en casa sin cobrar, ya sea fuera de casa (sector público: hospitales, guarderías, escuelas, limpieza, residencias de ancianos …), con trabajos precarios y muy mal pagados.

La división del trabajo supone mano de obra gratuita para todas las horas -que son muchas- dedicadas al tiempo del cuidado. Este tiempo de cuidado, como ya hemos dicho, no remunerado ni reconocido socialmente, ha resultado siempre invisible; nunca se ha tenido en cuenta en los estudios económicos. Es inverosímil que ningún economista hasta ahora no se haya dado cuenta de que las horas de trabajo productivo no son posibles sin las de trabajo reproductivo y que, si se quiere saber de verdad, pues, cuál es el PIB (y utilizo esta referencia porque es la que se usa en economía) de un país, se deben monetizar las horas del tiempo de cuidado y añadirlas. Así ahora sabemos, gracias a estudiosas como Cristina Carrasco o María Ángeles Durán que, en términos económicos, el tiempo del cuidado representa más de un tercio del PIB de un país.

La Revolución de la que hablábamos al principio pasa por transformar las mentalidades, lo que sólo será posible con educación y con cambios en la legislación. La educación debería ser una coeducación real: con formación para el profesorado, con modificación de los currículos escolares para introducir, no sólo figuras femeninas sino también los saberes de las mujeres, con educación en la igualdad y en el respeto al otro. Y los cambios de leyes ayudarían al cambio de mentalidades: permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles, cambios en los usos del tiempo, echar atrás la reforma laboral del PP e introducir mejoras para los trabajadores, especialmente en todos aquellos terrenos en los que se producen desigualdades según seas hombre o mujer. Algunas de estas desigualdades son: contratos a tiempo parcial, desigualdad salarial, techo de cristal para las mujeres …

Naturalmente que las personas feministas somos una piedra en el zapato y quien tiene el poder se resiste al cambio, pero esto ha ocurrido en todas las revoluciones. Está en nuestras manos luchar para cambiar el mundo. ¡Basta  de realidades, queremos promesas!