ADMINISTRACIÓN, CALIDAD Y SERVICIO PÚBLICO

eficiencia

 

Joan-Francesc Pont Clemente

Catedrático de Derecho Tributario en la UB

 

 

 

La Administración Pública puede ser contemplada desde varias perspectivas. Demasiado a menudo la Administración Pública es destinataria de los más variados ataques, injustificados muchas veces, como por ejemplo la falta de rendimiento, la ausencia de dedicación o la inexistencia de creatividad. Quiero negar de forma radical y rotunda que en la actualidad estas críticas a la Administración puedan tener el más mínimo sentido. Quizá encontraríamos casos excepcionales de una prestación incorrecta del servicio público, pero ésta es una circunstancia que se puede dar en todos los ámbitos de la actividad humana.

Por el contrario, en el ámbito de la Administración Pública encontramos un montón de personas que han demostrado su mérito y su capacidad y que muy probablemente podrían obtener ingresos superiores en el sector privado. La Administración Pública requiere de una vocación especial, aquélla en la que la persona obtiene como compensación por su esfuerzo, no sólo las unidades monetarias que le corresponden, sino también un alto grado de satisfacción en el servicio a los intereses generales.

El reto de la Administración Pública de esta segunda década del siglo XXI es el de seguir manteniendo su atractivo para ser capaz de captar lo mejor del talento que nuestros conciudadanos de la Unión Europea sean capaces de ofrecernos. En efecto, como formamos parte de un espacio común de libertad, seguridad y justicia, un espacio común de ciudadanía, el acceso a la función pública está abierto a todos los ciudadanos de la Unión Europea y eso tenemos que considerarlo como un enriquecimiento de nuestra función pública.

¿Cómo podemos mantener este atractivo del que acabo de hablar? Resulta necesario superar en la función pública algunos esquemas heredados del pasado en los que prima la obediencia ciega sobre la aceptación inteligente de la jerarquía. Resulta innegable que la Administración Pública debe articularse en una cadena de mando, pero, al igual que en el sector privado, esta cadena de mando no tiene porqué mantener el espíritu de origen militar en el que fue concebida cuando no existía otro remedio, sino que debe ser capaz de alcanzar los principios del liderazgo compartido propio de las entidades impregnadas de un sentido de la calidad. Calidad, si se quiere, escrito con una mayúscula inicial. La Calidad debe ser la guía del servicio público.

Que la Administración Pública sea atractiva por sus recursos humanos, que la Administración Pública preste el mejor servicio posible a los ciudadanos, y que la Administración Pública adopte como propios los parámetros de la Calidad son sólo tres aspectos de una misma dimensión : el objetivo de que la Administración Pública no sólo sea consciente de la trascendencia que tiene en el funcionamiento de una sociedad buena, sino que, además, esta conciencia se transforme en una mejora permanente de los resultados obtenidos. Ir a solicitar un servicio a la Administración Pública debe convertirse en una experiencia positiva de la vida normal de un ciudadano.

Puede ser como deformación profesional, creo que la formación de los funcionarios en paralelo a la formación de los ciudadanos para que sean buenos ciudadanos, constituye la piedra de fuego de la construcción de una Administración cada vez mejor. Tengo la impresión de que la modernización de nuestras Administraciones Públicas a menudo se confunde con la sujeción de los funcionarios a los controles burocráticos administrativos a través de aplicativos informáticos. Una escritora conocida decía que la aplicación es la causa de la mala vida de los funcionarios. Y ciertamente no debemos confundir los medios, propios de cualquier modernización con los fines que son los de tener un trabajo de Calidad al servicio de unos ciudadanos satisfechos. Por tanto, la formación que reciban los funcionarios debe ser, no sólo circunscrita al uso de esta o aquella nueva herramienta, no debe consistir en seminarios de dos horas que se hacen sólo para poder después decir en el expediente que se han hecho. Muy al contrario, la formación recibida por los funcionarios debe ser capaz de situarse en un incremento constante de su capacidad de pensar libremente. Por lo tanto, hay que priorizar la formación humanística de los funcionarios y después la formación en áreas específicas.

La Administración que yo veo y la Administración a la que intento servir es un espacio de realización personal en el que los ciudadanos tienen la doble satisfacción de ejercer correctamente un trabajo apasionante y de hacerlo de cara al público en general.

Lunes, 20 de junio de 2016